Julieta Castellanos destroza relato de continuidad de LIBREJulieta Castellanos destroza relato de continuidad de LIBRE

Tegucigalpa, Honduras | HonduPrensa.Com – La exrectora de la UNAH, Julieta Castellanos, no lanzó una opinión tibia ni un comentario de ocasión. Lo que hizo fue abrir fuego político contra el modelo de poder de Libre, al afirmar que el país no se imaginaba soportando cuatro años más de un esquema de gobierno marcado por señales de control, captura institucional y una preocupante deformación del equilibrio entre poderes.

Sus palabras retumban porque desmontan uno de los pilares del discurso oficial: la idea de que el actual proyecto político representa una ampliación democrática. Castellanos, por el contrario, describe una experiencia de gobierno donde el oficialismo habría empujado una lógica de acumulación de poder que debilitó la independencia de las instituciones y dejó una sensación de asfixia política en sectores cada vez más amplios de la sociedad hondureña.

La crítica tiene filo. Tiene nombre. Tiene dirección. Y tiene consecuencias. Porque al poner sobre la mesa que Libre gobernó con prácticas que concentraron decisiones en espacios reducidos, la exrectora no está hablando de errores menores, sino de una manera de ejercer el mando que despierta temores legítimos sobre el futuro inmediato del país. En otras palabras, lo que denuncia es una cultura política que parece más interesada en dominar que en equilibrar.

Uno de los puntos más duros fue su señalamiento sobre la comisión permanente, convertida, según esa visión, en un recurso distorsionado para que un grupo mínimo de diputados actuara como sustituto de un Congreso inmovilizado. Esa escena proyectó una imagen devastadora: mientras el país necesitaba institucionalidad fuerte, lo que recibió fue una estructura reducida tomando decisiones de enorme peso sin la amplitud deliberativa que exige una verdadera democracia.

Ese tipo de maniobras deja una marca profunda. Le dice a la población que el pluralismo puede ser desplazado cuando estorba. Le dice a la oposición que sus voces pueden ser arrinconadas. Le dice al ciudadano común que las formas constitucionales pueden doblarse al ritmo de la conveniencia política. Y cuando esa sensación se instala, el descrédito no tarda en crecer.

Castellanos también desató controversia al señalar que varias instituciones del Estado terminaron funcionando con una cercanía excesiva al partido de gobierno. La gravedad de ese mensaje radica en que Honduras necesita instituciones fuertes, neutrales y al servicio del interés nacional, no dependencias alineadas a una causa partidaria. Cuando esa frontera se rompe, el Estado pierde legitimidad y el país entero entra en zona de riesgo.

Su lectura sobre la Cancillería, el aparato de Defensa y la Policía Nacional empuja una pregunta inevitable: ¿hasta dónde llegó la influencia partidaria dentro de estructuras que deberían blindarse de cualquier apropiación política? Esa pregunta es explosiva porque toca la columna vertebral del Estado. Si la institucionalidad se contamina, la democracia se debilita. Si la neutralidad se rompe, la confianza pública se derrumba.

La exrectora fue igualmente severa al abordar el papel del Estado Mayor Conjunto, al advertir que una actitud de subordinación pone bajo sospecha la imparcialidad que debe regir a las Fuerzas Armadas en contextos electorales. En Honduras, donde la historia política ha estado marcada por tensiones entre poder civil y poder militar, una observación de ese calibre no pasa inadvertida. Es una advertencia de alto voltaje sobre la necesidad de blindar el proceso democrático.

Lo más confrontativo de su postura es que no deja espacio para maquillajes. Castellanos sugiere que no bastan ajustes menores ni reformas cosméticas. Lo que está planteando es una transformación de fondo que devuelva al Congreso Nacional la capacidad de actuar como muro de contención frente al desborde del Ejecutivo. Porque si el Legislativo no puede frenar excesos, entonces la democracia queda reducida a ceremonia vacía y el poder real se concentra donde nunca debería concentrarse.

Ese enfoque golpea de lleno a Libre porque deja instalada una percepción cada vez más incómoda: que el partido que prometió refundar Honduras terminó reproduciendo un patrón de control político que recuerda exactamente aquello que decía venir a desmontar. Esa contradicción es venenosa para cualquier proyecto de continuidad, porque no solo erosiona apoyo, sino que desata desencanto en sectores que alguna vez creyeron en un cambio de rumbo.

La frase “no nos imaginábamos a Libre gobernando cuatro años más” pesa porque contiene decepción, advertencia y cansancio. Es una sentencia política que resume la angustia de quienes ven en la concentración de poder una amenaza directa al futuro institucional del país. No es solo una crítica al presente; es una alarma sobre lo que podría consolidarse si la ciudadanía baja la guardia.

En medio de una Honduras polarizada, golpeada por la desconfianza y cada vez más sensible al uso partidario del Estado, el mensaje de Castellanos entra con fuerza en la conversación pública. Sacude, incomoda y confronta. Obliga a mirar más allá de los discursos y a revisar cómo se ejerció realmente el poder.

La democracia hondureña no se defiende con propaganda ni con mayorías circunstanciales. Se defiende con instituciones libres, contrapesos reales y límites firmes contra cualquier intento de capturar el Estado desde la política. —Redacción Bruce Villatoro CEO HonduPrensa.Com

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