Tegucigalpa, Honduras.- En una nación donde el dolor parece repetirse con puntualidad implacable, la directora ejecutiva del Consejo Nacional Anticorrupción (CNA), Gabriela Castellanos, lanzó una reflexión que incomoda, sacude, interpela. En su habitual columna Disculpen mi Castellano, titulada “El precio de convivir con la violencia”, advierte que el mayor peligro no radica solo en la brutalidad de los crímenes, sino en la facilidad con que la sociedad los incorpora a su rutina.
“Una mujer asesinada no detiene el ritmo emocional de nadie: se comenta, se comparte, se olvida”, expone con crudeza. La frase no busca escándalo; persigue conciencia. La autora señala que la indiferencia colectiva frente a la muerte violenta de mujeres se ha convertido en un síntoma alarmante de desgaste moral.
Una muerte cada 24 horas
Respaldada en reportes de Naciones Unidas, Castellanos recuerda que, en promedio, una mujer pierde la vida de forma violenta cada 24 horas en el país. Sin embargo, subraya que la tragedia no se reduce a la estadística. El verdadero quiebre ocurre cuando el horror deja de estremecer.
La repetición constante instala lo que define como una “anestesia colectiva”, un estado silencioso que normaliza lo inaceptable. Cuando el dolor ajeno deja de provocar reacción, especialmente el de quienes históricamente han sido vulneradas, la sociedad comienza a erosionar su propia humanidad.
Más que cifras, conciencia social
En su análisis, la titular del CNA sostiene que el crimen no concluye con la pérdida de una vida. Continúa cuando la conversación pública trivializa cada caso, cuando se convierte en tendencia fugaz, cuando se sustituye sin reflexión por la siguiente noticia.
“Cuando una sociedad aprende a no estremecerse, se vuelve experta en sobrevivir, pero también corre el riesgo de deshumanizarse”, advierte. Su mensaje no apunta únicamente a instituciones, sino a cada ciudadano que consume, comparte, comenta, calla.
La pregunta, insiste, no es cuántas víctimas más aparecerán en los reportes, sino qué sucede con la conciencia colectiva que tolera la repetición del horror sin exigir transformaciones profundas.
Castellanos convoca a resistir la costumbre, a recuperar la capacidad de conmoverse como acto de responsabilidad social. Porque cuando una nación se habitúa a la pérdida, no solo pierde vidas: pierde parte de su alma. Redacción Wendoly V.V.
