Las cosas que tiene la NBA en particular y el deporte en general, también la vida misma, es que todo cambia en un abrir y cerrar de ojos. Y es lo que les ha pasado a los Lakersque visitaban Oklahoma con un inusitado optimismo, un mes de marzo extraordinario y 14 victorias en los últimos 16 partidos. Más allá de la paliza recibida (139-96), que les hizo poner los pies en la tierra debido a la enorme diferencia que se vio en la pista, perdieron a Luka Doncic.

En una lesión que, ya confirmada, perjudica a un jugador por un tiempo estimado de entre tres y seis semanas. El esloveno se pierde, por lo tanto, el resto de la regular season, dando en su caso por zanjado el debate del MVP, al que no podrá optar al no llegar a la barrera mágica de los 65 encuentros disputados, más polémica que nunca. Pero también, casi con toda seguridad, estará ausente en la primera ronda de los playoffs. Y por ahí anda también Austin Reaves, afectado de la misma manera.

La situación provoca que LeBron James (que ya ha vivido esto en el pasado con las lesiones de Kevin Love, Kyrie Irving, Anthony Davis…), con 41 primaveras y en su 23ª temporada en la NBA, ya establecido como Máximo Anotador de la historia y el jugador que más partidos ha disputado y más victorias ha conseguido, sea de nuevo el líder del equipo. La posición subalterna adoptada de forma obligada no parecía ser del agrado de una estrella crepuscular que se encargó entre bambalinas de transmitir sus quejas a quien quisiera escucharlas. La parte mala de esto es que la lesión de Doncic ocurre en un momento en el que LeBron parecía haber aceptado su rol y multiplicaba su conexión con el esloveno, que era más fuerte que nunca cuando ha pasado lo que ha pasado.

Ahora y con el peso de la responsabilidad y del tiempo sobre sus hombros, el Rey tiene la obligación de hacerse con los mandos. Promedia, y esto no se puede normalizar, 20,6 puntos, 6 rebotes y 6,9 asistencias por noche, ha vuelto a ser All Star, ha conseguido 14 dobles-dobles y 3 triples-dobles, hace mates como si le fuera la vida en ello y lleva 56 partidos disputados. La cosa es la gasolina que le quede, cuando cada vez cuesta más pensar que podamos ver de él una de esas versiones sobrehumanas para llevar a su equipo en volandas. Eso sí, nos tiene acostumbrados a que nos equivoquemos, a que todavía puede seguir haciendo de todo a pesar del paso de los años. Sin ir más lejos, promedió 25,4 tantos, 9 rechaces y 5,6 pases a canasta en los pasados playoffs, en los que Anthony Edwards tuvo que sudar lo indecible para sobrevivir a su presencia. Se dice pronto.

Así están las cosas para los Lakers. Que, asumiento que van a palmar contra los Thunder, no deberían tener problemas para vencer a unos Mavericks que llevan 14 derrotas seguidas como locales (sin Doncic disponible en Dallas, eso que se ahorran los aficionados texanos), a unos Warriors en cuadro, a unos Suns que ya tienen imposible escapar del play in o a unos Jazz más empeñados en perder que otra cosa. Pero todo se reduce a intentar quedar en la tercera posición, superar la primera ronda contra quien toque y que cada uno espere lo que quiera a esa estrella eslovena cuya lesión deja heridos de muerte a unos Lakers que se encontraban más vivos que nunca. En realidad, lo más seguro es que la temporada angelina haya llegado a su final anticipado de forma cruel, abrupta. Y esperar que LeBron levante esto es un ejercicio de optimismo demasiado grande. Ya sólo queda, por lo tanto, una cosa: rezar. Con información de AS.

¡DIOS BENDIGA A HONDURAS!