Tegucigalpa, Honduras | HonduPrensa.Com – El país empieza a cansarse de esperar empleo mientras el poder se acomoda en sus propios cálculos. La presión cae ahora sobre Nasry Asfura y Tomás Zambrano, dos figuras colocadas en el centro de una discusión nacional que puede volverse explosiva: Honduras necesita inversión, trabajo, confianza y crecimiento, pero el Ejecutivo y el Legislativo todavía no muestran una ofensiva capaz de sacudir la economía.
El problema es brutalmente claro. Mientras la gente busca empleo, el Gobierno no logra imponer una agenda económica de alto voltaje. Mientras la empresa privada pide señales de confianza, el Congreso no aparece como motor de competitividad. Mientras los jóvenes esperan oportunidades, la política se consume en movimientos internos, discursos de ocasión y prioridades que parecen caminar lejos de la angustia diaria del ciudadano.
Honduras no está para lentitudes.
No está para ensayos.
No está para excusas.
No está para esperar que el poder entienda tarde lo que el ciudadano vive todos los días.
Las cifras laborales deben leerse con seriedad. Honduras registró una tasa de desocupación de 4.9% en 2025, con más de 211 mil personas desocupadas. Pero la fotografía completa es más dura: más de 3 millones de hondureños permanecen fuera de la fuerza de trabajo, una señal de enorme fragilidad social, económica y productiva.
Ese número no es frío.
Ese número tiene rostro.
Es el joven que manda hojas de vida sin respuesta.
Es la madre que vende comida para sostener a sus hijos.
Es el obrero que acepta cualquier pago porque no tiene alternativa.
Es el profesional que estudió, pero no encuentra espacio.
Es el campesino que produce sin apoyo suficiente.
Es el emprendedor que se ahoga entre impuestos, energía cara, inseguridad y trámites.
Es la familia que sobrevive, pero no progresa.
Frente a ese escenario, el Gobierno de Nasry Asfura debería estar actuando con velocidad de emergencia nacional. No con discursos administrativos. No con frases de buena intención. No con fotografías de reuniones. Honduras necesita decisiones que generen movimiento económico real: inversión nacional, inversión extranjera, empleo formal, infraestructura productiva, energía confiable, seguridad jurídica, apoyo a mipymes, modernización del Estado y una relación seria con los sectores que producen.
Pero la percepción que empieza a crecer es peligrosa: el Ejecutivo no ha logrado convertir el empleo en el centro absoluto del poder.
Y cuando el empleo no es prioridad, el pueblo lo siente.
Lo siente en el mercado.
Lo siente en el transporte.
Lo siente en el recibo de energía.
Lo siente en la falta de oportunidades.
Lo siente en la migración.
Lo siente cuando un hijo se gradúa y no encuentra trabajo.
Lo siente cuando el salario no ajusta.
Lo siente cuando abrir un pequeño negocio parece una apuesta contra el propio Estado.
Nasry Asfura queda entonces ante una prueba que puede marcar su administración: demostrar si tiene capacidad para despertar inversión o si su Gobierno terminará atrapado en la rutina de administrar problemas sin resolverlos.
El país esperaba un golpe de timón económico.
Esperaba una agenda clara de empleo.
Esperaba señales fuertes para inversionistas.
Esperaba alivio para sectores productivos.
Esperaba una ruta nacional.
Esperaba decisiones.
Pero la economía no se activa con expectativas eternas.
La economía se activa con certeza.
Y ahí entra Tomás Zambrano.
El Congreso Nacional tiene una responsabilidad que no puede esconderse detrás del Ejecutivo. Si el país no tiene leyes modernas, si la inversión no encuentra seguridad jurídica, si la empresa no recibe condiciones competitivas, si los trámites siguen asfixiando, si la energía sigue siendo un dolor económico y si la productividad no se vuelve prioridad legislativa, el Congreso también queda sentado en el banquillo de la responsabilidad.
Zambrano no puede pretender que el Legislativo sea solo una plataforma de control político. El Congreso debe ser una herramienta para abrir empleo, crear condiciones, destrabar sectores, atraer capital y mandar señales de estabilidad.
Porque sin leyes productivas, no hay confianza.
Sin confianza, no hay inversión.
Sin inversión, no hay empleo.
Sin empleo, no hay paz social.
Esa cadena es simple, pero parece que el poder todavía no la asume con la urgencia que merece.
Honduras compite contra otros países de la región que buscan capital, turismo, industria, tecnología, agroexportación, logística y manufactura. Si el país no ofrece reglas claras, energía estable, seguridad, infraestructura y rapidez administrativa, el dinero se va a otro lado. Y cuando el dinero se va, el empleo también se va.
Esa es la crisis silenciosa que puede explotar.
No se escucha como una protesta de un día.
Se acumula en los hogares.
Se acumula en las colonias.
Se acumula en los barrios.
Se acumula en los negocios pequeños.
Se acumula en los jóvenes frustrados.
Se acumula en la gente que siente que el poder habla mucho, pero resuelve poco.
La falta de empleo es una crisis política en cámara lenta. Primero aparece como queja. Luego como decepción. Después como enojo. Finalmente como castigo ciudadano.
Por eso, Asfura y Zambrano no deberían subestimar el tema. El empleo no es un apartado del plan de gobierno. Es el corazón de la estabilidad nacional. Es la diferencia entre esperanza y migración. Entre consumo y deuda. Entre confianza y rabia. Entre gobernabilidad y desgaste.
Si el Ejecutivo no presenta una agenda económica agresiva, medible y pública, quedará expuesto.
Si el Congreso no aprueba reformas que faciliten inversión y empleo, quedará expuesto.
Si ambos poderes siguen moviéndose más rápido para la política que para la economía, quedarán expuestos.
La ciudadanía no necesita explicaciones decoradas. Necesita resultados. Y los resultados en empleo se miden con plazas, contratos, inversión, nuevas empresas, expansión productiva, reducción de informalidad y oportunidades para jóvenes.
Honduras necesita una ofensiva de país.
Una mesa nacional de inversión con metas reales.
Un plan de empleo juvenil con ejecución inmediata.
Una agenda de simplificación administrativa.
Un paquete de estímulo para mipymes.
Una estrategia territorial para atraer inversión a departamentos olvidados.
Un plan de energía que deje de espantar empresas.
Una política de seguridad que proteja producción.
Una reforma educativa y técnica conectada con el mercado laboral.
Una diplomacia económica que salga a vender Honduras con agresividad.
Y sobre todo, necesita voluntad política.
Porque cuando el poder quiere, se mueve.
Cuando el poder prioriza, acelera.
Cuando el poder siente presión, responde.
El problema es que hoy el ciudadano no ve esa misma urgencia para el empleo que sí ve en las disputas políticas. Y esa diferencia puede convertirse en crisis.
La narrativa empieza a cambiar. Ya no se trata solo de preguntar si hay desempleo. Se trata de preguntar si el Gobierno y el Congreso están haciendo lo suficiente para evitar que el desempleo, la informalidad y la falta de inversión se conviertan en una tormenta nacional.
Asfura y Zambrano están en el ojo de esa tormenta.
Uno porque dirige el Ejecutivo.
El otro porque conduce el Legislativo.
Ambos porque tienen poder.
Ambos porque pueden actuar.
Ambos porque ya no basta prometer.
Si Honduras sigue sin una ruta agresiva de inversión y empleo, el reclamo ciudadano puede dejar de ser económico y convertirse en una crisis de legitimidad política. El pueblo no va a esperar eternamente a que el poder descubra lo obvio: sin trabajo, no hay futuro; sin inversión, no hay empleo; sin decisiones, no hay país que avance.
El reloj político corre contra Asfura y Zambrano. Si no responden con empleo, inversión y resultados, la crisis social puede tocar directamente la puerta del poder. —Redacción Bruce Villatoro CEO HonduPrensa.Com

